12.24.2009
11.30.2009
29 de noviembre
Cerrada Chapultepec, Fraccionamiento Tepetzintla, Colonia Luz Obrera, Puebla, México.
He caído, a mi regreso a México, casi por accidente, en una colonia de bárbaros. Según Rosebud, es un nido de serpientes. Yo los veo como un grupo homogéneo de primates, poblanos, sumamente ornamentados que con religioso rencor defiende el derecho de la mayoría a aplastar a quien se oponga: “lo votamos en la junta, la mayoría lo decidió”, se justificó uno de los líderes - echándome una de esas miradas que sólo los cristianos, con su corazón lleno de hipocresía y pensamientos confundidos, pueden aventar.
Ahora les ha dado por cerrar la calle, imponer una puerta eléctrica a la entrada de la ‘cerrada’ donde vivimos. Intenté explicarle, con miedo a que terminara por escupir en mi cara, que lo más importante era defender el derecho de los pocos que nos oponíamos al 'cierre de la cerrada' - algo que podría parecer confuso pero que quien conoce de mitologías de calles poblanas seguramente logrará entender. Intrigas, Chismes, Rumores, Preguntas, Mentiras, Miradasenvidiosas, Alcoholismo, Frustración, Pretesión, son los apellidos de las familias que habitan Cerrada Chapultepec de la Colonia Luz Obrera, muestra socialmente microscópica de la vieja Puebla anestesiada.
11.24.2009
10.30.2009
9.28.2009
28 de septiembre
Tengo un viejo guardado en un clóset
Cuando llueve torrencial le abro las puertas
Me cuenta que las lluvias lo único que hacen
es hablar de los años, asesinas de bugambilias
Un día unos hombres malos tocaron a la puerta
Se robaron nuestra casa y construyeron un castillo,
(sendas columnas de cemento barato anuncian la entrada)
A veces, cuando llueve fuerte, me arrastro hasta una de las
compuertas
enciendo un cigarrillo y me siento a ver llover, cojo la escoba
y hago montoncitos de hojas mojadas
Las bugambilias de las que habla el viejo siguen ahí, cayendo
con las lluvias… me dan ganas de abrir las puertas y encontrarme
buscando al viejo dentro
Mas ya todo está podrido, los recuerdos quedaron intactos, las lluvias
ya sólo vienen a destruir las imágenes
Cae a cuenta gotas el agua por el desague, escucho las voces
y las burbujas que se crean en el piso, sobre el moho, me recuerdan, brevemente
la poesía de otros días… relampaguea y éstas escapan hacia el drenaje
Yo no creo en lo que me cuenta, no creo que las lluvias cuenten los años
quiero imaginar, obstinado, que las lluvias siempre están ahí y que las memorias en burbujas nunca se ahogan.
Meto la mano en el lodo y de entre las raíces de la bugambilia saco una rana
es una vieja, muy verde que antes de escapar,
ahora sólo me queda salir a bailar sobre la lluvia seca – me mojaré de las gotas de ayer.
9.27.2009
Llegamos a Khajuraho cerca del crepúsculo.
El anaranjado del cielo me recordó lo atardeceres del valle en el que nací, de frente al Popocatépetl. Una manada de búfalo acuático emergió de entre las aguas de un estanque verdoso, al otro lado de la acera - habían buceado desde la pradera de enfrente. Unas cuantas cabras cruzaron camino con los búfalos; uno de ellos aparentó arremeter contra una cabrita que se separó de la manada.
Atravesamos un campo que parecía propio para la práctica del futból llanero pero donde el cricket era dueño de las emociones. Dos hombres, de barba entrecana, de unos 50 años se acercaron en unas motocicletas Yamaha 250 rojas. El contraste entre el esmeralda de los ojos del que nos habló y lo oscuro de su piel me hizo pensar en lo multicolor de la mezcla entre las sangres afgana y dravidiana en el norte de la India. Los rechacé y caminé alejándome de la mirada celosa – y coqueta – de un macho de bubalus bubalis.
Escapábamos del monzón; venía tras de nosotros, reviviendo al continente. Llegamos a un Ashram, un refugio casi erótico donde descubrimos ranas azules, libélulas parlanchinas y moscos de los malos aires. La primera noche la pasamos febriles, ahogados de deseo, intentado apagar una pasión mucho más que pélvica, casi incandescente; intentando comer, devorar al otro. Las picaduras de los moscos, el monzón tocando a la ventana con sus millones de palomillas luminiscentes, los temibles pericos come-cabras, las alimañas de mil pies – que si las pisas se convierten en mariposas arcoíris, las únicas venenosas – no nos amedrentaron al momento de olvidarnos, de derretirnos en sexo envuelto de vueltas y volteretas con aroma de sándalo y un grupo de monos que, a manera de una espectacular audiencia depravada, se asomaban por la ventana: hay un cierto entendimiento animal en cuanto al sexo entre ellos y nosotros, no llega a deseo, creo.
Nos contagiamos de la locura de la vida, en el festival de las sanguijuelas y los batracios de piel oscura que juegan a ser dioses de los monos del Oeste. Las fiebres índicas nos llevaron por el camino de Madhya Pradesh a perdernos en el deseo, a experimentarlo todo.
9.25.2009
Tengo la cafeína por los ojos, los espacios muertos: verdes claveles disfrazados de jacarandas.
Ya no me derramo; ahora me deshago, el viento se me lleva el polvo: me deshace Castillo. Estoy hecho de papel, no pretendo grandeza sólo espacio. Lo único que deseo es caminar entre mis sueños que son purpúreos, como las jacarandas que se esconden adentro de la tierra por meses.
Sueño que manejo a través de flamboyantes gulmohares en relucientes avenidas llenas de cascadas de piedra y cráteres de saliva. Sigo perdido.
Las preguntas se avienen, no hay respuestas.
Todas las hojas púrpuras del mundo.
9.24.2009
9.23.2009
22 de septiembre
“Tengo que ir en verano”, al sur de la Argentina hay que ir en verano, le explicó Rosebud a la señorita Chen entredientes cuando ésta no le escuchaba, más como murmurando. Volteé a verla con el afán de no dejarla sentirse ignorada y me topé con su mirada hipnotizada, sus manos sobre su pequeña barriga, mirando enamorada el mapa de la República Federal que Alberto, su amante austral, olvidara unos años atrás. “Tengo que ir en verano…”, dijo enamorada. “Tengo que ir en verano”, retumbó lentamente en las planicies de mi amplia cabezota. Al menos eso prueba que uno se puede enamorar de los sueños, de los cuentos, de las promesas de viajes cuando ya entrado en el principio de la senectud.
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Hubo una vez en la que mi hermana y mi madre me vistieron de niña. Tenía mi vestidito rojo, mi blusita blanca, mis trencitas falsas hechas con pompones multicolores y brincaba encantada sobre la cama de mi hermana, saltaba con la alegría de quien ha cambiado de sexo instantánea y mágicamente. Qué lindo sería si se pudiera cambiar de sexo a placer, mutar viaje redondo.
9.22.2009
Dejé todos mis libros, todas mis monedas, todas las fotografías.
Hace poco más de un año descubrí que todo lo que tengo – en la vida –, lo puedo cargar a solas y de una vez.
20 de septiembre
Seré el vocero de las nubes poblanas… en estos cielos surreales.
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“120 baritos mi joven”, me responde el chofer del taxi Las Américas que detengo en Camino Real. “Si no voy al DF”, le contesto ingenioso. Después de tronar los labios dice chale y acelera llevándose la puerta abierta. Reprimo mis ganas de patearle la cajuela: “no te vayan a romper tu madre”, me digo.
“Que le caigan a la verga pinches perros putos”, refunfuña, al hablar sobre la inmensa cantidad de policías de tránsito que circulan por la ciudad de Puebla, el taxista de 54 años que me lleva por 80 pesitos jovenazo. “No sirve de ni madres, ahora sólo muerden más. Es culpa de todos nosotros. Es culpa del pinche Mario Marín, ese hijo de su puta madre está haciendo un pinche negociazo. Ahora venden las placas de policía de tránsito. Ves más perros porque hay más que quieren andar chingando, no porque la seguridad vial haiga mejorado”, reparo unos segundos en su tan formal uso de esa desdeñada (pero correcta) forma del verbo haber y desciendo del vehículo. Son las 4.04. Entro en Chapultepec 25, hay ahí una huele de noche que siempre estuvo.
9.20.2009
18 de septiembre
Hoy por la noche haré 30 años.
Comienzo la cuarta década de historia.
Inicia confusa, planificadora, en medio de extraños sueños eróticos, asediada por algún minúsculo insecto succionador de sangre que me bienvino a esta nueva etapa con unas 30 mordidas en el pie izquierdo, el roto.
Llego a los treinta contagiado del trastorno asiático, con las presencias del mundo antiguo – impresionado con la locura de su extendido declive.
Cada vez tengo menos de qué hablar.
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En los tres años que pasé de “autoexilio en China”, como lo define el arrogante González Zarandona, mi sexualidad resultó trastocada.
Ayer fui a una azotea cubierta con hojas de palmera – en una antigua ciudad oxidada por la sal de un océano seco – donde había una fiesta de tetas, ojos, brazos, nalgas, cabellos negros, humo, miradas reprimidas, calentura cristiana, vino santo, cinturas entalladas, escotes ajustados. Una serie de sublenguajes telepatizados que sólo hablan de sexo, algo así como una orgía imaginaria, a todas luces muy real, pero que acontece en otra densidad, una que no se revela a los ojos que asoman al desfile de lo físico, de lo real
Durante el primer año en China casi me olvidé del deseo físico. La soledad y el aislamiento que experimenté en esa sociedad que aún sufre los estragos de la experimentación social de arrogantes filósofos que se pensaron podrían crear un sistema que controlara a la sociedad – sus expresiones y sus sufrimientos – me orillaron a desear a mujeres lejanas a las que sólo podía ver a través del Internet pero que en la realidad física no lograba entender. Escribía cartas de amor y mensajes que buscaban explicarle a alguien que la aventura, la búsqueda, me estaba matando el deseo. Afortunadamente, algunas de esas mujeres imposibles respondieron a mis llamadas. Las imágenes que me hicieron llegar a través de las diferentes formas de comunicación electrónica me dieron un alivio del que a menudo me avergüenzo.
Poco a poco comencé a olvidarme de todas, de ellas, mis profundas obsesiones pasajeras: las mujeres con quienes me engaño. Pasé a una etapa en la que la masturbación, al igual que la imaginación, me abandonó, se olvidó de mí.
Después, en un viaje al sur de China, y en una larga circunnavegación que hice por el norte del continente del Indo, me encontré con el sexo de súbito – con una marea sexual llena de bocas oceánicas y labios con olor a coco que no supe abrazar. El sexo me tomó desprevenido: me explicó qué tan solitario, egoísta e ignorante era. Se descubrió una realidad; lejos de la fantasía infantil con la que lo había confundido durante años. Algo físico, real, presente, fuerte, nada de imágenes en mi memoria. Me encontré con el sexo fuera del mundo cristiano, un sexo abierto, que nunca cierra sus puertas, que da la espalda a la dinámica de la negación y la conquista. Un sexo que no resulta de guerras de dominación emprendidas por señores feudales embriagados y con mediana impotencia en sus menguantes miembros. Hasta ese momento, había vivido mi sexualidad como una serie de conquistas. Catalogaba, reciclaba y olvidaba mis memorias sexuales con los mismos deseo e intensidad que de niño usé para coleccionar estampitas de álbumes de dibujos animados. Ya, ya, ya, no, no, nooooo, me repetía, seguramente, mientras agitaba mi miembro en el baño de la casa de mi abuela alguna tarde de 2002. Había cambiado las estampitas de la infancia por otras imágenes que, recluidas entre mis recuerdos, tejían la falsa imagen de mi sexualidad adolescente. En Asía, el sexo se me presentó como algo que podía tomar, algo por lo que no tenía que luchar, algo que se podía hacer en todas partes, en plena luz del día sin necesidad de borracheras preprogramadas y escapatorias – creando eternos mares de sudor que dividían nuestros pechos – sin luchas, sin remordimientos, sin pelear, cuantas veces quisiera… ahí sobre la mesa, hasta que mi pierna derecha, la única que utilizo después de un trágico accidente, se cansara de darle movilidad a mi deseo y temblara de miedo.
9.15.2009
13 de septiembre
Siempre he vivido entre mujeres. Tengo que reconocer que siempre me han parecido más estimulantes psicológica, humana y filosóficamente. Los hombres, los otros, parecen superficiales. Por otro lado, algunas mujeres me han causado profundos misterios oceánicos.
Discreción, secreto, privacidad y mentira son obsesiones que se confunden sistemáticamente – que se disfrazan la una de la otra – en la mente de mi madre. A veces siento que está inundada de lágrimas, gotas secas llenas de pequeños sufrimientos, grandes abandonos, inmensos olvidos. Rosebud siempre estuvo sóla, aún cuando cumplió con el rito del matrimonio provinciano siempre guardó un pequeño espacio, tan grande como la oscuridad de sus tristes ojos que asoman sus años, para ella. Un lugar donde siempre quedó escondida esperando al padre que la abandonó, al esposo que la olvidó, a los amantes que se le perdieron entre los años.
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Hoy, cuando la acompañé a comprar alpiste para sus pájaros, mi abuela me agradeció por haberla entretenido durante la tarde. Le dije que no hay de qué, que a mí sólo me gusta hacerle al cuento. Me dijo que las historias de Hánuman, Dyeus Phtr (el Dios Padre original cuyo origen quizá se encuentre perdido en el olvidado tiempo sumerio) y de las religiones indias la habían dejado pensando. Me congratulé por haber dejado en ese estado a una anciana de su edad.
De regreso a Los Pinos – lugar en el que estamos morando –, Rosebud nos paseó por el Centro Histórico de Puebla de los Ángeles. En la Avenida Juárez encontré un pequeño restaurante chino, Taili. Nos detuvimos y aproveché para hablar con Jiang, el dueño del lugar, en una mezcla entre mandarín y un pobre cantonés. Lleva seis años en Puebla; no tiene amigos poblanos, ni novia.
¿Cómo hacer ya llevadera la vida en este lado del mundo, cuando se sabe que del otro lado China está aconteciendo? Millones de ajos siendo devorados al instante, miles y miles de pequeñas tertulias culinarias que se resuelven entre tabaco y contra el alcohólico fluir de Yanjings y Tsingtaos.
¿Cómo pasar a China, ese castillo polvoriento de milenios, por alto? ¿Cómo atreverse a pretender olvidarle?
Yo ya no soy sólo mexicano.
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Por otra parte, quizá tome la decisión de no hacerle frente a ese deseo tan fuerte. Es sólo imagen, una falsedad; habrá que reprimirle.
12 de septiembre
Qué largo es el tiempo en México, los días son como las estaciones, amplios y longevos.
En Puebla, la lluvia de las cuatro de la tarde marca el otoño del día, viene con vientos y hojas muertas.
11 de septiembre
Ayer vi a Georgina. La llevé a comer tacos árabes. Me dijo que lo que más le interesa de Asia, lo único que quiere visitar, es Macao, “porque se debe parecer a Brasil. No hay otra cosa que me interese en Asia”, escupió junto con un poco de jocoque. Tragué con calma el pedazo de taco oriental y pensé en contestarle enrabietado pero me contuve. En un nuevo y estrepitoso cambio de planes, Georgina me confió que ahora está buscando irse a Italia, a hacer una maestría en algo que llamó “food culture”.
Un poco más adelante, ya en el clímax de su arenga, Georgina aseguró que “todos deberíamos aspirar a tener un nivel de vida como el de los europeos”, algo que definitivamente no entendí y que pretendí no haber escuchado. Ya para esa altura – íbamos por el cuarto árabe – decidí interferir su alocución afirmando que “me arrepiento de algún día haber soñado con vivir en Europa. París es una mierda, es la capital de la mierda. Algo tiene que estar fundamentalmente mal cuando hay que pagar 6 euros por una taza de café, el sistema y sus raíces se han podrido. Yo no aspiro a vivir en Europa, ni ser europeo ni como europeo, espero que nuestro país nunca se convierta en algo así y deseo con candor que nos olvidemos del glamur y del consumo embriagado y que ansiemos la pobreza y la simplicidad”, respondí con rabia y carne entre los dientes.
“Eso piensas porque has vivido en Asia tres años, si no hubieras estado allá nunca pensarías eso”, se atrevió.
Le di un trago a mi botella de Victoria; recordé esa noche de 1998 en que perdí la virginidad con la secretaria de mi papá y en la que discutí con él sobre que los amigos no se escogen, sólo se toma a los que están, a los que aparecen; y me dije para mi cavernosos y húmedos adentros: “vamos a la chingada de aquí”.
Después, la señorita Chen me cuestionó sobre el lazo de amistad que me ata a Georgina. “Los amigos no se escogen, son los que están. Quién chingados soy yo para escoger a la gente”, le respondí.
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Como para regresar a la realidad, recibí la bienvenida en San Andrés Tres Cholulas. Tras superar un semáforo en plena transición entre la luz amarilla y roja fuimos detenidos por un amable agente de tránsito de la localidad. Después de tensos minutos de discusión y ante las amenazas de ser deportado a Centroamérica, el asunto fue saldado con diez días de salario mínimo.
Amablemente, el oficial de tránsito me explicó lo que sucedería de no saldar el asunto por la vía ‘alterna’. Primero, la multa por “volarse el rojo” ascendería a 450 pesos. Segundo, la falta de tarjeta de circulación se castiga con veinte días de salario mínimo, “ahí usted multiplíquele 54.50 pesitos por 20 días joven”, me ayudó en matemáticas el detransito. Además, su auto pasará al Corralón (que es como una especie de purgatorio para vehículos infractores) y ahí tendrá que pagar el uso de piso, “aúnele 200 joven”, me sorprendió el manejo verbal del agente. “Y sabe qué joven, yo no creo en las mordidas así que vamos pasando a la oficina para que se le confisque el vehículo”, dijo.
Le expliqué que yo no creo en el Estado ni en el gobierno (algo que por momentos pareció insultarle, me echó una mirada similar a las que mi abuela me avienta cuando le explico que Jesús no existió) y por lo tanto, y al igual que él, tampoco en las mordidas. “Así que prefiero que tú te quedes con la lana en vez de dársela al municipio compadre”, le dije sorprendiéndome a mí mismo. “Pues has la propuesta y yo te digo si la aceptamos, pero cuidado, no me vayas a humillar”, respondió. Le dije que me daba lo mismo. Estrechamos las manos en oscura transacción, me dijo su nombre y me devolvió la licencia.
Llevo una semana en México y ya sé que tendré que irme de nuevo.
9.11.2009
10 de septiembre
Amanezco con resaca, ahora tomo tres cervezas y el cerebro me cobra factura a la mañana siguiente, es la edad. Rosebud se dio a la fuga, como hace todas las mañanas, sospechosamente. La señorita Chen está allá abajo trabajando en línea, a madrugantes horas, con la casa de publicaciones pekinesa que la emplea a larga distancia, “freelancea”, según ella. Yo me hundo en el colchón y - observo a un chupamirto que extrañamente golpea su cabeza contra la ventana – pondero la posibilidad de hacerme una pequeña paja. Sé que, con la intención de favorecer mi vida sexual en pareja, por el momento abandonaré la egoísta idea.
“Lo vamos a ver en La Mentirosa”, me envió en un mensaje el camarada Barranco. “A quién”, le pregunté intrigado. “El partido pendejo”, respondió. “Ahora hay un Partido Pendejo (PP) y te has incorporado a sus filas”, le respondí sin recibir respuesta. A las 8.30 llegué a un bar atestado de adultos jóvenes que gritaban “pinche árbitro pendejo” o “hondureño de mierda” enfuriados frente a megatelevisores. Al interior del bar, los ojos tristes del mexicano promedio se veían poseídos, fuera de sí, controlados por las pantallas verdes y las voces de los comentaristas deportivos. Cuando Cuauhtemoc – “el cuasi emperador que está en proceso de consagración”, según un comentarista – miró al cielo antes de anotar desde el manchón de penaltí, alguien gritó “ha recibido la aprobación divina”, todos guardaron religioso silencio como si en verdad la hubiera recibido y a continuación anotó. Mientras la locura futbolera, el exabrupto del mexicano, se contagiaba a velocidades superiores a las de la razón (en un lugar sin ventilación, salidas de emergencia y con más de quinientas personas fumando chinese style), me acerqué a la señorita Chen y le susurré al oído: “el fútbol es la frustración de los mexicanos”. Me dio una de esas sonrisas que se esconden tras sus pecas y extendió una invitación con sus labios oceánicos que me fue imposible declinar.
8 de septiembre
He venido pisando esta tierra de lluvias monzónicas que escurren por las enredaderas de nubes que suben de la tierra al cielo llenas de explosiones. La claridad, el cielo azul cosas simples que descubro lejano.
Asia me dejó sin palabras que cantar, me llenó de ideas, de pequeñas emociones que a nadie le puedo compartir. El sínico estragó mi pobre castellano. Tengo la voz rota, las ideas resfriadas.
No quiero ver a nadie, no tengo qué platicarles.
Viviré escondido en las calles del norte de la Angelópolis. Vagaré por allá atrás de la pirámide, por donde siembran nubes, perritos y alelíes, disfrazado de uno que ya no creo ser. Cuando me los encuentre no me reconocerán. Ojalá pase por un desconocido, ojalá no se detengan, ojalá no me hablen y nada me pregunten. Caminaré observando los estereotipos, clasificando a nuestras bestias, hablando con los pobres, escapando de los intelectuales, escondiéndome del arte, maldiciendo al ego.
“No te puedes quedar aquí, no sé cómo pasaste tanto tiempo”, me dice la señorita Chen. “Si me pudiera llevar el cielo de Puebla con sus nubes, la buena vibra de los viejos, el olor de Cholula por las mañanitas y a mi madre, todos en un morralito, te juro que no regresaba”, le replico.
5 de septiembre
Hoy fuimos a la casa de mi abuela.
Alfonso, el hermano de mi mamá, se quedó ciego, no ve ni sombras. Su familia lo abandonó. No le quedó más que regresar a la casa de su madre a los 57 años y sin la vista. A mi abuela eso le amargó la vida. Según Rosebud, el problema es que mi abuela llegó a la edad en la que “necesitas que alguien cuide de ti” y, en lugar de que el hijo la asista, ella tiene que volver a cuidar de él. Alfonso me pidió que le trajera un mp3 y una loción de China. No sé que le venga a la mente cuando piensa en ese país asiático, obviamente sus demandas no fueron cumplidas. Cuando durante la comida le comenté que no le había traído las cosas comenzó una huelga de silencio que duraría por el resto de la tarde.
La señorita Chen va conociendo a la familia, el miembro que más la cautivó: el pipián rojo. Antes de su silencio, Alfonso parecía muy interesado en la señorita Chen, así que le hice una descripción breve: es mitad china y mitad maltesa, china de la cintura para abajo y maltesa del ombligo hasta las estrellas. En los ojos es mexicana, le dije, un segundo antes de decidir detener la descripción por falta de imaginación y hastío.
En ocasiones, cuando se queda sin qué contar, mi madre aprovecha para insertar alguna historia de abogados y de rufianes hermanados con policías judiciales que sólo buscan a quién despojar. Trato de ignorarla perdiéndome en la humedad y los colores del altiplano poblano.
Cuando mi abuela se aburre me pide que me acerque y me pregunta si ya me sé el chiste de Pepito queriendo secuestrar a la Virgencita de Guadaloupe o el de Dimas y Gestas acosando picaronamente a Jesús; ya su aliento huele a viejo.
9.07.2009
4 de septiembre
El país se ve oscuro. Las calles del Distrito Federal parecen terroríficos hoyos negros encubiertos por aguas de lluvia y aires frescos de septiembre.
La diferencia en la intensidad del alumbrado público entre Pekín y Ciudad de México, o Puebla, es algo en lo que es preciso hacer hincapié. Después de vivir en la capital china por unos años, Puebla, y la capital mexicana, dan la impresión de dormir en la tiniebla. Sin embargo, en el mundo de la apariencias Pekín es un candil hipócrita; las ciudades mexicanas hoyos misteriosos llenas de charcos, vagabundos y alguno que otro perro perdido, o atropellado.
Lo que sucede en China es de interés público global, la forma en la que están consumiendo recursos debería preocupar a las multitudes. Los chinos claman su derecho a modernizarse, el discurso chino afirma que si el siglo XIX fue para Europa una revolución que le industrializó, luego el XXI será para China la oportunidad. Así, los chinos, en su luminoso abuso de la electricidad, en su derroche de nuevo rico que siente que “se las puede todas”, se fuman el mundo y ponen la atmósfera cual pequeño restaurante de jiaozi (dumplings) lleno de fumadores de los famosos cigarrillos Honghe o Zhongnanhai.
Los chinos abusan la electricidad, nuestro subdesarrollo nos hace presas de la noche.
Aquí, en el tenebroso subdesarrollo, presos de la propaganda gubernamental, de las escaladas en los precios y del estupidizante discurso televisivo, a nadie le quedó ya voz para resistir. La crisis parece aceptarse con resignación, “es la moda mundial” repite por doquier el infame gobierno mexicano. Después de ver el precio de una barra de pan integral pensé que el país estaría listo para el estallido, para la revuelta. Quise comenzar el levantamiento, la insurrección contra el gobierno federal, dentro de una Mega Comercial Mexicana de la ciudad de Puebla, pero lo único que obtuve fue una mirada de rechazo de parte de una señora que apestaba a perfume y utilizaba un radio de onda corta como si se dirigiera a una masa invisible pero presente. La barra de pan subió cien por ciento en los últimos dos años. ¿Qué nadie se ha dado cuenta?
2 de septiembre
Estoy sentado en la fuente de Saint Michel esperando a Sayuri, parece que me ha olvidado. Observo fugazmente a una esas chicas parisinas de ojos iraníes y cabello magrebí, me pierdo en la espera. Saint Michel es otro de esos puntos de encuentro.
Me sorprende la libertad de los paseantes. Paris es la capital del mundo occidental; Pekín ha quedado atrás, muchas horas atrás. Viviré en una de esas “noches blancas parisinas”.
Fui a Rivoli a comprar, doce años después y en el mismo lugar, el plato metálico que le robaron a Rosebud. Después de que un porteño que vivió en Cholula de Rivadavia le robara el corazón y escapara con el artilugio palpitante -en una bolsita de plástico de Oxxo- con destino final al Río de la Plata, sólo me quedó regresarle una réplica del plato parisino.
8.21.2009
Poco a poco, el invierno anticipado se me comenzó a meter por las ideas.
El silencio y el vacío de las apariencias me estragaron.
Las mañanas y los caudalosos ríos gélidos de cemento volcaron pesadillescos.
Los días del sol nuclear, veintitrés grados bajo tierra.
7 de octubre.
Me voy a Hong Kong, necesito escapar. El nuevo departamento está mejor; ahora vivimos con mil 325 vecinos. Hemos dejado atrás a la loca.
7.14.2009
Un día de los últimos de septiembre Manuel, mi colega chino me dijo que "en China [como en México] tienes que ser hijo de alguien. Las puertas están cerradas. Aquí en China, si tienes un poco de dinero estudias en la universidad, sales y no encuentras trabajo. Después haces la maestría. Yo fui al Colmex, maestría en Historia de México. Regresas y sigues buscando oportunidades grandes y nada. Luego vas y -sigues soñando- haces tu doctorado. Sales y todas las puertas siguen cerradas pues eres hijo de nadie. Entonces encuentras un trabajo en un escritorio por 2 o 3 mil yuanes* -lo necesario para comer-, dejas de soñar y decides convertirte en un hombre común".
3 de octubre.
En su libro Red Dust, Ma Jian relata anecdotas formidables sobre el viaje-fuga que realizó cuando estaba en sus 30, intentando escapar de sí y del control social chino. Una que llamó mi atención habla de cómo se ama (o se amaba) al interior de los clanes de las aldeas de la provincia sureña de Yunnan. El amor, el verdadero, el eterno, sólo se puede encontrar con una persona del mismo clan; usualmente durante la juventud. Sin embargo, las reglas sociales impiden el matrimonio entre dos personas del mismo clan. Así que quienes comparten el amor verdadero y juvenil saben que se separarán de su pareja. Cuando la fuerza incontenible del matrimonio arreglado los aleja, los amantes intercambian los objetos que más aprecian en la vida con la promesa de que en la nueva casa familiar los colocarán en una especie de altar; para honrar el amor más prístino durante toda su vida.
La separación de los amantes es trágica y es necesario que un sentimiento de odio o repudio les ayude a despedirse. La costumbre dicta que unos momentos antes de que la mujer parta para contraer nupcias con un miembro de otro clan, su amante (su novio, el amor de su vida) la desprecie y le arroje agua en la cara, símbolo del desprecio y el odio que su partida genera en el joven. Las mujeres que no son despreciadas por sus amantes antes de partir no son consideradas como dignas de ser desposadas.
Después, a la muerte del último de los amantes sus cenizas son recolectadas por familiares y llevadas a un cruce de nueve caminos donde le aguardan las cenizas del otro, éstas son enterradas junto con los objetos apreciados que se regalaron en la juventud; así, se pretende darles la oportunidad de que en el más allá consumen el amor que la vida matrimonial les impidió realizar, el verdadero.
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He estado discurriendo entre el deseo, el fracaso, el éxito y el progreso... me siento tan lejano!
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No sé cuándo fue que tus ojos perdieron el color, cuándo te convertiste en lo pasado.
7.03.2009
En julio el cielo de Beijing se nubla, se llena de águilas; todas son de plástico.
Pasaron varias semanas en las que no hablé con nadie. El verano se acabó. La noche comienza a llegar cada día más temprano.
Soy lento, a veces no veo lo 'evidente'. Me tardé varios meses para descubrir que a nadie le importaba nada de lo que hacía.
Aunque lo sospechaba, no imaginé cuán asfixiante es la ausencia de comunicación, vivir bajo el pesado control del Imperio.
(A veces, cuando me cansaba de estar sentado sin alguna actividad laboral, me daba un paseo por la oficina imaginándolos a todos como de otra época - los aciagos años de las últimas cortes de la drogadicta dinastía manchú, allá en el s.XIX - haciéndome invisible y paseando por las oficinas imperiales desde donde las mismas personas han gobernado este país por miles de años, todos inmortales. Las velas han sido sustituidas por la electricidad; el milenario arte de la caligrafía, por los procesadores de palabras piratas. Así, descubrí que los años de los imperios chinos no han acabado nunca, que las dinastías no murieron: que el emperador sigue aquí. La mirada del académico lo niega, esos lentes le impiden verlo - todos esos años sentado en una oficina lo han atrofiado. Lo atroz del sufrimiento de las últimas revoluciones chinas nos 'obliga' a afirmar que las cosas han cambiado. La estructura, esta loca, irracional y compleja estructura, sigue aquí, la misma, la milenaria, la estática, casi intacta, apenas oxidada por los húmedos vientos del occidente, los del 'progreso'. Esos avances materiales y económicos camuflan la estructura, le sirven de disfraz a esta última dinastía que se estableció hace 60 años, la esconden, le ponen un enorme cascarón, le esculpen un moderno perfil: comunismo de fachada, el Imperio continúa. Desde donde yo estoy los chinos parecen ser imperiales, imperializantes, dinasticosos, no democráticos, no individuales.
La población pasó de ser cortesana de un emperador a ser 'el pueblo' del imperante Partido. Los chinos crearon un 'Estado' con características chinas, cambiaron sus ropas, se cortaron el cabello, reivindicaron a la mujer y liberaron a innumerables pueblos: saltaron al riachuelo de la historia occidental disfrazados de ciudadanos; hoy el gobierno alimenta a la 'masa' con la idea de convertirla en una sociedad de 'individuos', el disfraz del mono fino y civilizado.
Cuando uno orina en esta ciudad puede ver, encima de los mingitorios, unos pequeños anuncios que en chino dicen "un pequeño paso al frente, es un gran paso para la civilización".
Desde la superficie, el único lugar desde el que puedo ver, todo parece ser mera apariencia, no puedo sumergirme, me ahogaría.).
El trabajo que se realiza en la oficina bien podía ser hecho por dos personas, tres por mucho: eramos nueve, sí, sí, claro, la sobrepoblación y sus efectos. Hay que repartir el espacio, el tiempo, el dinero, la carga laboral, el arroz; además de compartir el baño, la comida, la ropa, la cama...
18 de septiembre.
He estado planeando el escape desde hace unos meses.
Si por mí fuera lo hubieramos logrado hace tres, pero la señorita Chen insistió en lo inapropiado de mudarnos antes de la Olimpiada, sobre todo porque los pekineses se alocaron y querían hasta tres meses de renta por la renta de agosto, mes en el que tendrían su chingada olimpiada.
Tenemos que escapar.
Primero, nos tomó una foto a través de la ventana a la una de la mañana. Cuando salí a confrontar al espía-agresor-pervertido me la topé con una cámara en la mano, era la Li Jie, la señorita Li, mi casera. Cuando le pregunté si estaba idiota o que qué se traía, me contestó que era sólo por diversión.
Luego, un día me llamó a las tres de la mañana para decirme que tenía que entrar a la casa, que venía en dos minutos y que le abriera, había un problema eléctrico. Golpeó la puerta durante diez minutos, no le abrí.
Después, se rehusó sistemáticamente a acompañarnos a la estación de policía a realizar un trámite que, en este país de estúpidos trámites inservibles, tienes que realizar de la mano de tu casero; o de lo contrario, abandonar el país. Cuando finalmente aceptó a ir a la estación, tan pronto como entró rompió en una crisis nerviosa, aulló, dio alaridos, quiso escapar, se escondió en el segundo piso de la estación por media hora, intentó saltar por una de las ventanas y darse a la fuga, la policía la detuvo. Nada la libró de pararse frente al burócrata, recitar su número de identidad y concluir el trámite en menos de un minuto.
Unos meses más tarde, después de que la puerta del departamento fuera objeto de una sospechosa serie de atentados vandalísticos, decidí atrapar al responsable. Sospeché de un chico que vivía en el tercer piso. Decoré la puerta con una muy atractiva Doble 喜喜 Felicidad (shuangxi) grande, roja, resplandesciente. Me senté a leer a unos metros de la puerta. Cada vez que escuchaba que alguien se acercaba me asomaba al ojo de la puerta. Fue la primera. La primera que cruzó frente al ojo fue la señorita Li. Se detuvo frente a la Doble Felicidad, revisó el pasillo volteando hacia ambos lados para asegurarse de que nadie la veía: yo la observaba, ambos nos regocijabamos en todas las agravantes del delito. Se acercó al ojo de la puerta y me miró sin saber, mi corazón latió como si se quisiera infartar. Escuchó un sonido y corrió a esconderse debajo de las escaleras. Una vieja pasó con su perro y Li Jie regresó con sigilo. Estuvo frente a mí por más de dos minutos, ella en sicótica calma yo con la ansiedad del criminal. Li Jie observaba la Doble Felicidad como si nunca la hubiera visto (já, quizá nunca la vio. No sé si su esposo murió o la abandonó. Tampoco sé de dónde cogió esta locura, si de la soledad, si por haber nacido durante la Revolución Cultural, si con el tiempo y la edad, no sé). El primer contacto que tuvo con la cartulina roja fue una especie de caricia. Después puso ambas manos sobre la felicidad y acto seguido peló los dientes y se hurgó la nariz al mismo tiempo. Otro sonido y tomó una pose de inocencia - la misma que toman esas mujeres que entran en las iglesias con los brazos cruzados y caminando lento, casi arrastrando los piés, como si dios las estuviera viendo – se acomodó el cabello tras la oreja y se quedó helada unos 15 segundos mientras escrutaba el techo, blanco y plano. El ataque me tomó por sorpresa, casi me desmayo tras la puerta, mis pies sudaban, “hija de puta”, repetí con el corazón soliviantado, “hija de tu puta madre, eres tú cabrona, puta madre qué hago”. Abrí la puerta con fuerza, como queriendo derribarla, atraparla, deshacerla. Corrió, se dio, otra vez, a la fuga. Cuando grite su nombre se detuvo, se congeló. Quiso simular que no existía, que no estaba, que el edificio no era edificio, que yo no estaba ahí. Lentamente tomó mi doble felicidad que había hecho añicos y la empezó a meter debajo de su falda, dandome la espalda, un pedacito de cartón cayó al suelo, pude ver una parte de la felicidad. Con patológica gracia movió su zapato verde de tacón alto e hizo por ocultar el pedacito de felicidad, sus medias negras estaban rotas, llenas de hoyos. Giró lentamente y me dirigió otra vez esa mirada que mezcla risa iracunda y llanto enardecido con un silencio tenso y que yo vi en otras ocasiones, generalmente cuando me cerraba la puerta en la cara al pedirle que arreglara algún desperfecto de la casa. Me saludó y del interior de su falda cayó la doble felicidad en cachitos.
La última vez vino a tocar la puerta justo a media noche, para iniciar bien el día. Le abrí y la vi llena de sudor, tenía polvo en la cara, un poco de lapiz labial corrido, sus labios borrosos. Tenía el cabello gris, había envejecido y olía a talco. Estaba envuelta en lo que parecía una túnica negra, cargaba una bolsa de plástico blanca que me dio la impresión de llevar cabello adentro. “Déjame entrar”, me dijo empujando. “He venido a bañarme”, advirtió. Ante lo sorpresivo de la situación no me quedó más que decirle que la señorita Chen se estaba bañando, tenía que haberla mandado al carajo, pero la única respuesta que tuve fue esa, un pretexto. “Bueno, pues me espero a que termine, anda, muévete, déjame entrar”, me volvió a empujar. Un leve olor a sangre con sudor me invitó a cerrar la puerta rápidamente. Le negué la entrada. “No puedo dejar entrar a una mujer desquiciada al baño, qué tal si se hace daño, qué tal si le pasa algo, estamos en China carajo”, le expliqué a la señorita Chen luego de que me hiciera sentir pena por no ayudar a la loca.
Esa noche soñé que Li Jie había matado a su hija, soñé que éramos sus cómplices y que la ayudabamos a esconder el cuerpo.
Por la mañana siguiente, cuando salí rumbo al trabajo vi lo que parecía la escena de una exposición de arte grotesco, Li Jie había sacado todos los muebles de su cuarto, dos colchones individuales eran sin duda la joya de la exposición, estaban mojados y con manchas que parecían de sangre. “Esta cabrona nos quiere asustar”, me dije mientras echaba un ojo hacia el interior de la habitación buscando, nerviosamente, a la hija.
Ha pasado mes y medio desde el último encuentro con Li Jie, a partir de que la empujara con fuerza y cerrara la puerta en su cara se convirtió en una sombra, en una oscura presencia que encontramos en la esquina detrás de un carro, que se asoma a su ventana justo cuando llegamos, que sale del baño público cuando yo entro.
El 25 por la noche nos iremos, en silencio cauteloso.
6.29.2009
La redacción del periódico estaba en coma. Todo en silencio. Todos encadenados a sus computadoras. Todos sentados en orden, atrapados por él. Nadie hablaba, todos escribían, tecleaban. Se enviaban mensajes a través de la computadora.
Un ejército a la espera de órdenes. Nadie tenía ya voluntad propia.
Todo estático.
Cada quien se sentaba, en soledad, a incubar su salario.
Los que me rodeaban, aunque se movían y murmuraban, parecían estar en estado de coma.
Demolidos por el silencio, atrapados por el rigor del sistema.
¡Silencio! ¡Que nadie hable! ¡Que nadie pronuncie una palabra! ¡Que nadie se reuna! ¡Que nadie sea independiente! ¡Que nadie, pero eso sí nadie, sueñe con lo imprevisto!
Todos a callar, esperen ordenes, la creatividad ha muerto, la imaginación debe pedir permiso.
La historia nunca fue de ellos, les será contada. ¿Por qué soñar con esas patrañas con las que sueñan las personas? Ustedes no son persona, ese amasijo romántico capitalista.
¡Silencio, a callar! Que la estupida razón del cobarde se impondrá, pienso mientras leo "Deben medios de comunicación chinos elevar su influencia, dijo Li Changchun, funcionario alto chino", artículo que me envían para corregir.
Dios, de existir, salve al mundo de la pretensión del funcionario alto Li.
12 de septiembre.
En el universo chino, más grande en territorio que el europeo y casi tres veces más poblado, viven unos 56 grupos étnicos, según el gobierno.
Ayer, un taxista me preguntó cuántos grupos étnicos tiene México. Más allá de la erronea asociación que se hace en latinoamérica entre los términos 'étnico' y el controversial 'indígena', le contesté al tanteo: "unos 45", dije muy seguro. "¡Es un país multicultural, entonces!", dijo sorprendido y la ironía me hizo escupir una risa al recordar a todas esas personas que conozco y que desprecian a los 'indígenas', a las 'otras' culturas.
"¿Tienen 'han'?" (el grupo étnico mayoritario en China), me interrogó. "Claro que no", establecí, cómo comprende. "Ah, pero sí tienen 'hui', entonces" (nombre con el que se denomina a un 'grupo étnico' compuesto por 'han' pero que es musulmán y está mezclado con tibetano, naxi, mosu y uyghur), quiso adivinar, sospechando quizá que los 'grupos étnicos' son los mismos en todo el mundo.
"¿Por qué a todas las mexicanas les gustan los blancos o prefieren a personas de esa raza?", me preguntó la señorita Chen.
"Es el complejo de un pueblo conquistado", le contesté pensando en el inmenso lugar común en que acababa de recaer y en lo simplista de mi respuesta.
"Pero si los negros y los morenos son mejores para el sexo, para bailar y para acariciar... los blancos no bailan, no cogen bien, son superficiales y nada saben del amor", prosiguió.
"No sé, preguntales a ellas, pero estoy seguro de que es un complejo", insistí. Algo similar a lo que tenía mi tía Lupe. Como cuando era niña fue pobre (muy pobre, según mi papá), cuando creció, se casó y se hizo rica, decidió enterrar los viejos recuerdos de las grandes carencias comprando siempre lo más caro; en cantidades patológicas. Me acuerdo que cuando me bañaba en su casa me gastaba largos minutos en escoger entre las más de 20 botellas nuevas de champú que había en el baño; al final siempre mezclaba Outrageous de Revlon con Manzanilla Grisi. Todos los artículos del hogar eran de la mejor calidad y siempre estaban repetidos hasta el exceso: 15 botellas de loción para hombre en cada baño (aunque sus hijos ya no vivían en la casa. Un día le pregunté a Raúl, mi primo, que cuál de los ocho cepillos de dientes nuevos era suyo, me dijo que todos, que así le gustaba a su mamá); tres refrigeradores llenos de carne congelada (aunque sólo unas tres personas comían diariamente en casa); cajas de cereales de todos los colores y sabores (como para alimentar a todos los miembros de un jardín de niños); alacenas que parecían estar preparadas para hacer de refugio durante la próxima revolución; cinco carros (tres sin moverse durante años)...
ese también era un complejo, ¿O,no?
Yo también fui pobre un día, sólo uno. Ese día, en la oscuridad de nuestro refugio, Rosa y yo nos alimentamos con seis salchichas marca Swan. No teníamos nada pero estuvimos juntos, llorando nuestras sombras.
Ya casi terminan las regulaciones olímpicas, por fín.
Después de un mes en la oficina me comencé a enojar levemente. Creí que el ambiente estaba enrarecido. Asumí que la tensión y la negatividad tendrían que ser culpa de alguien, de una sola persona. Culpé a la jefa de sección, responsable también del departamento de japonés, quien salía todos los días a la misma hora a comer con la ‘hombruna’ mujer.
Yaya, el hombre de Sudán, me dijo que nunca había visto algo como esto. “Hay días en los que las únicas palabras que cruzo con la gente de la oficina son ‘buenos días’ y ‘adiós’... esto no es normal, ni siquiera para China, no está bien. También, es la primera vez en mis 15 años de trabajo en periodismo que tengo que checar tarjeta cada mañana”, mientras seguía con sus quejas, pensé que no debe ser fácil ser negro en China; tampoco periodista en África. (Más allá de la supuesta y novedosa amistad entre China y África de que los gobernantes chinos presumen, a los chinos no les gustan los negros. “Es su olor”, me dijo un taxista. “Huelen a tierra y además son agresivos”, juzgó. “Yo jamás he cruzado palabras con alguno, pero en las películas americanas puedo ver que son peligrosos, me dan miedo”, me explicó Zhao, la chica con quien compartí el apartamento durante el primer año).
Cuando llegué al centro de información me di un plazo de 6 semanas para elaborar un análisis del portal de noticias y entregarlo a la cabeza del departamento. La distribución de los elementos, el manejos de la información, erráticos. El entendimiento sobre las dinámicas que rigen la información en línea, nulo. “Este es uno de los tres medios en línea más importantes de China”, me explicó Julia, la editora en jefe, cuando quedamos atrapados en el elevador.
Ante la mirada del visitante, el centro de información parece en realidad un centro de información; sólo eso, parece. Al menos una vez por semana, Julia se paseaba frente a mi escritorio acompañada de ‘cuadros’ del Partido que al verme decían en chino “guuau, tiene extranjeros”, a lo que Julia respondía, “claro, somos un medio que busca la excelencia, estos son nuestros queridos ‘expertos’ extranjeros”, declaración que invariablemente causaba asombro entre los comunistas y regurgitaciones en mi esógafo bajo. A veces pasaba con grupos de extranjeros, hipócritas y gordos americanos colaboracionistas.
8 de septiembre 2008
En China es común ver a mujeres que van de la mano mientras caminan por las calles; en la India es lo mismo pero con los hombres. A veces, muy a menudo, una de las chicas viste como auténtica muñequita china: va con tacones altísimos sobre sus piernas de cristal, se esconde tras un vestido floribundo de color pastel, protege su piel con crema blanqueadora y carga, religiosamente, un paraguas, también de color pastel, para protegerse del sol (porque aquí no llueve nunca carajo); la otra, siempre con más kilos, suele llevar el cabello corto, ropa holgada, pantalones largos, quizá algún tatuaje, quizá las uñas negras, carga un bolso de gran tamaño que muestra el logo de “ADIDAS”, lleva tenis blancos. La regordeta lleva de la mano, encamina a la muñequita. Va enfrente. Le carga el bolso.
También a veces por ahí se puede uno encontrar con dos muñequitas de la mano; y perderse con la mirada y la imaginación, entre sus piernas floreadas, en una fantasía erótica comunista de liberación.
Hoy de nuevo vino la casera loca a tocarme la puerta, era la una de la mañana. A través del ojo de la puerta, pude ver que traía lentes oscuros y masticaba chicle con la boca abierta.
No le abrí.
Me llamó por teléfono unas diez veces, no le contesté.
6.18.2009
En China ‘ser comunista’ no tiene significado alguno. Se diluyó con el tiempo.
Cuando leo la oración “un comunista chino”, utilizada por ‘medios occidentales’ para referirse a algún burócrata que abusó de su posición y se granjeó algún beneficio, pienso en lo vacío del término. Aquí también, las ideologías, si es que alguna vez lograron traducirse al imaginario chino, murieron hace tiempo. Comunismo de fachada. También, parecía, un país de fachadas; aunque eso todavía no lo había entendido.
Oliver me dijo que todos los que trabajan en la oficina son comunistas, miembros en activo del Partido. La membresía es requisito de contratación y util herramienta de ascenso en esta sociedad donde todos quieren ascender, ser personas con conexiones. Según él, en la oficina se vive aún un ambiente de guerra fría, de espionajes y de hostilidad, de celos e intrigas – como en todas partes, pensé.
“Somos los ‘otros’", me dijo un día con ojos turbulentos y bajando la voz, "observadores extranjeros en una de las ‘áreas más sensibles’ para el control gubernamental (los medios de comunicación). Sus líderes les incitan a desconfiar de nosotros”, me susurró mientras sus ojos, ahora ya tranquilos, se le escapaban por entre por las piernas de una china.
Pensé en lo idiota que parecía la idea de que alguien sospechara que Oliver, o su colega alemán, fueran espías, mientras lo veía hurgarse la nariz y pensaba en qué feos suelen ser los germanos.
Ese día también me explicó que la china del departamento de inglés con la que él salía a comer fue advertida sobre la norma no escrita, una orden tácita, de no trabar amistad con los extranjeros. Tres semanas después fue despedida sin motivo aparente.
Otro problema es que la diferencia salarial entre los chinos y los extranjeros es enorme, casi el triple. Si yo fuera chino, eso me causaría profundo malestar. Aunque también, si fuera chino, quizá estaría más adormilado, casi sedado por el miedo a perder el trabajo a causa de mi malestar: entonces, a tragar ira, a cada paso de saliva, por el resto de la vida.
22 de agosto 2008
Creo que lo más difícil ha sido la soledad, el aislamiento de los últimos años. Uno aprende muchas cosas con la soledad, viaja al pasado de los sueños, entiende, reconstruye, encuentra soluciones, libera a algunos prisioneros, revierte algunas sentencias. La parte más profunda –brillante y alucinante– de mi encierro fue durante los meses de la recuperación tras la fractura: los meses del silencio.
Largas semanas llenas de recuerdos y papel higiénico (durante las que estuve prendido, con la pierna en alto, de la esquina de la ventana, único lugar donde detectaba señal de Internet, el asidero del mundo). Viajes a la infancia. Encuentros paranormales con algunos perros muertos. Largas conversaciones con resecas tortugas que se extraviaron en desiertos de alfombra, hace décadas. Reuniones con osos peluche –reunidos en Consejo– con ínfula de jueces conservadores, sanedrín erigido para enjuiciar mi infancia. Apariciones. Música. Llanto y sus lágrimas perdidas. Voces que ululan en el escenario de un sueño repetitivo que acontece en progresión paranoica.
Creo que México ganó una medalla, me lo dijo un connacional con esa emoción perdedora e irónica que solemos tener los mexicanos con respecto al triunfo; tan acostumbrados a la derrota.
Estoy en Beijing pero aquí, en realidad, no hay Olimpiada.
6.12.2009
El primer contacto que tuve con los otros extranjeros que trabajaban en el Centro de Noticias fue cuando Manuel me llevó a dar una gira por la extensa oficina para presentarme con quienes él consideraba importante. Primero me llevó con la líder de la sección de ‘otros idiomas’; una china de unos 45 años que siempre iba a comer con la misma hombruna mujer. Posteriormente, me llevó a la oficina de la Señora Li (a la cual hay que diferenciar de la Señorita Lee, esa oscura presencia). Aunque la saludé en chino, la Señora Li decidió preguntarme, en alemán, si podía hablar esa lengua bárbara. Le contesté en chino que no podía, que los mexicanos no solemos hablar alemán así como así. Saltó a un muy pobre inglés y me confesó que no lo hablaba. Tras mi respuesta en chino y su petición a Manuel de que hiciera de traductor, supe que Julia, como me dijo que se llamaba a sí misma en alemán, y yo no tendríamos una buena comunicación.
Tras la cascada de loas y bienvenidas que obtuve al interior de la fesgshuiesca oficina, Manuel me dirigió al escritorio de Natasha (quizá se llame Sasha, lo olvidé hace tiempo), la rusa que me decepcionó al no ser argentina. A Sasha le brillaron los ojos con lascivia cuando me saludó y su cara se sonrojó a más no poder. Nerviosa, tiró la taza de té negro con que viajaba y tras recomponerse me dio la mano. Avisté, por primera vez, las pecas que se le escapan por uno de los hombros y que parecían querer esconderse de mi, también, en su espalda. Luego, fui a dar con los alemanes, algunas palabras que no recuerdo; después, Yaya, un muy bien perfumado hombre jartumí que llevaba, por sí solo, el departamento de árabe. Pasé por el departamento de francés y el de japonés antes de darme cuenta de que no estaba siendo presentado con ninguno de los chinos de la oficina, más de doscientos.
Al día siguiente, comí con un británico cuyo acento me pareció indescifrable; un austriaco que parecía amigable y retraído; un alemán que no paraba de hablar y contar historias vacías, pobres. Yaya se sorprendió cuando le pregunté sobre su opinión al respecto de los geniales desplantes de al-Bashir; no quiso hablar de la tierra de los fur ni de las masacres. Oliver, el austriaco, con un aliento olor a hilo dental usado, me dijo que su trabajo era muy aburrido. Pensé que no sabía de lo que hablaba.
18 de agosto 2008
Llevo varios días emborrachándome en la calle. Como a eso de las 6 de la tarde, antes de que terminen las actividades olímpicas, interrumpo lo que sea que esté haciendo y me voy a sentar enfrente del puesto de cigarros, frutas y cervezas que está instalado en la banqueta y que ocupa la mitad del callejón trasero de Sanlitun, la calle de los bares.
Hace dos semanas, tan sólo unos días antes de la inauguración, el ejército hizo una redada en el callejón y detuvo a todos los negros; sin importar nacionalidad o dar espacio para presentación de pasaportes o elaborar pretextos. Cuando inició el tumulto y vi a los uniformados decidí emprender la retirada a paso veloz, mi facha de narcotraficante y mi aversión a la autoridad me lo sugirieron. Regresé unos minutos después. Era imposible entrar al callejón, los negros estaban siendo montados en unas camionetas (Julias, les decía mi papá a ese tipo de embarcaciones). Ya como parte del público, lejos de mi papel de supuesto narcotraficante, me acerqué a la zona del tumulto. Ahí estaba Walter, el peruano que siempre que nos encontramos me pregunta que con cuántas chinas he ‘campeonado’, así son todos los peruanos, les gusta hacer gala pública de su virilidad; no he conocido al que sea la excepción. El limeño grandulón, que iba acompañado por una china abominable, me explicó, como si supiera, que habían matado a alguien, “creo que un negro mató a un gringo” me dijo, “así se hacen los chismes”, escuché la voz de mi madre. Una de las camionetas pasó a mi lado y por la ventana vi a Rogers, el hijo del embajador de Guinea Ecuatorial que una vez me llevó a una de sus fiestitas llenas de princesas sub-saharianas y fragancias submarinas.
La noche de ayer fue excepcional. Estaba sentado coqueteando con la chica que me vende las cervezas cuando, como a eso de las ocho de la noche, un trío de argentinos (con las remeras puestas) dobló por la esquina e ingresó con aires de triunfo al callejón. “Argentina, Argentina, Argentina”, cantaban, lo que me pareció poco creativo, establecido lo amplio del aservo de sus cánticos, y su hooliganería heredada. Se plantaron frente a mi, cortando de tajo la perspectiva que tenía sobre el culo más impresionante que jamás he visto: una africana muy tropical, angoleña creo.
Cualquier argentino que me hubiera visto ahí, así como me vieron ellos tendría que haber sospechado. “Chileno conchadesumae”, le habría venido a la mente. No obstante, su indiferencia me hizo sospechar. Pocos minutos después comprobé mis dudas. Eran estadounidenses. Bebían hasta el fondo y de un trago cerveza tras cerveza. Al paso de cualquier persona con la camisa de Brasil, el trío de americanos gritaba en chino algo que suena, en mexicano, así “Basi Shapi, Basi Shapi, Basi Shapi” (Brasileños estúpidos, brasileros idiotas). Serían estudiantes de intercambio, asumí.
Unos minutos más tarde, tres brasileñas en bikini (no necesito hacer ninguna descripción) se plantaron frente a ellos y una comenzó a sambar al ritmo del insulto en chino, sin entenderlo. Cuando uno de los impostores pretendió tocar los senos de la mulata de ojos verdes que les hacía una danza amistosa, otra de las chicas intervino malhumorada y el bello instante terminó. El trío me estaba colmando los nervios.
Encendí un cigarro y vi, como a unos cien metros, una marea de gente, el retrueque de los tambores hizo eco en la botella que acababa de vaciar: era la batucada, esa marea de razas verdeamarela en que se convierte casi cualquier grupo de brasileros durante los eventos futbolísticos. Habían perdido la semifinal pero festejaban y bailaban al son de las trompetas y otros instrumentos que habrían traído del Brasil. “Algo se avecina”, pensé emocionado.
El encuentro se dio. Esas dos fuerzas que en sudamérica causan destrozos cada vez que se confrontan, estaban a punto de colisionar. El brasilero que venía en la avanzada, en solitario y con su trompeta, avistó al grupito de ‘pelotudos’. Se detuvo y, como si poniendole pausa a la realidad, petrificó el tráfico que colmaba el callejón por unas fracciones de segundo. Todo regresó a la dinámica del movimiento cuando el trompetero entonó una nota de guerra y señaló a los pamperos. Las tres docenas de brasileros, briagos y sambadores, rodearon en cuestión de segundos a los bonairenses falsificados. Al ritmo de la batucada se escuchaba “um, dois, treis, argentino maricón”, “um, dois, tres argentino vagabundo, argentino maricón”, tampoco muy creativo, pensé sin dudar en unirme al cántico.
Los argentinoamericanos replicaban con su rima en chino, pero los brasileros no entendían. Así pasaron unos segundos. El desborde era ya inminente. Hubo algunos empujones, más como del tipo de los ‘slams’ de los noventas, por lo intrincada que estaba la calle. Mi estupido sentimiento de solidaridad norteamericana me hizo acercarme a uno de los gringos y decirle, al oído y en inglés, “dude, this guys are crazy. If I were you, I’d better be going”, me sentí muy estupido al usar el “dude”, pero creí que así me entenderían y se irían. “Fuck off”, me respondió el pelirrojo.
Instantáneamente opté por cambiar la perspectiva de mi intento diplomático. Me acerqué al lider de la batucada y, después de separarlo del argentino con el que estaba a punto de liarse a golpes, le dije “cara, tranquilo cara. Estamos na festa e nao precisa haver problemas”, con mi pobre portuñol. “Eu sou mexicano cara e acho que nao precisa brigar, además... (y ahí fue cuando vengué el “Fuck off” del pelirrojo)... además cara, nao son argentinos cara, nao son”, se detuvo en seco y me preguntó consternado “¿de onde son?”.
El hecho de que no eran argentinos y que eran americanos corrió como polvora incendiando la escena. La chica que había, amistosamente, bailado samba frente a ellos fue la primera en golpear al pelirrojo. Di un trago profundo y me puse a sambar y a repetir la cancioncita en portugues, “um, dois, tres argentino vagabundo, argentino maricón”, mientras miraba el espectáculo.
Los argentinos fueron arrasados. La goliza que la albiceleste le había propinado a los brasileros fue igualada con una golpiza en las calles de Beijing. Luego de que una docena de brasileros atacara al insolente grupo de americanos, uno terminó en un bote de basura, no escondido, sino depositado por la furia carioca; otro, encima del parabrisas roto de un taxi; el tercero, el pelirrojo, perdió la remera pero logró escapar. La policía nos detuvo, intervine por la batucada y nos fuimos a seguir bailando por las calles.
“Um, dois, treis, argentino maricón”, seguí cantando hasta el amanecer.
6.10.2009
Durante la primera semana descubrí que nadie tenía la intención de conocerme. Los chinos del departamento, aunque hablaban español, estaban atrapados en su pesadilla de odiar al gobierno sin poder expresarlo; además, tuve la impresión de que alguien en la oficina había impuesto una ley que prohibía establecer vínculos con el personal extranjero.
Al quinto día me percaté de que nadie hablaba, de que al parecer todos estaban ‘tan’ ocupados en pretender que estaban ocupados que no les quedaba tiempo para conversar. La mujer china del departamento de árabe con la que comí el primer día bajó la mirada la segunda vez que nos encontramos, no como si no me conociera, sino reconociéndome y escapando, disimulándose: como hace la mayoría de los mexicanos.
Llegué al Reino del Silencio, una de las zonas más vacías, un espacio creado por los chinos para olvidar y protegerse del pasado, del trauma que se autoinfligieron: el área de la ‘comunicación’ del ‘gigante asiático’, gigante de papel. Creí que trabajaría en un medio de comunicación, lo que más hacía falta en esa oficina era comunicación. La información se nos revelaba cada mañana desde la Oficina de Información del Consejo de Estado a través del canto profético que la Agencia Estatal de Noticias, Xinhua, profería. Solamente teníamos que permanecer sentados, como anestesiados, frente a los monitores, con la esperanza de no asustar o llamar la atención del líder de la sección, para recibir nuestra dosis diaria de verdades chinas. El canto laudatorio cuando describía el proceder del gobierno chino, insultante e infantil sin remedio cuando se dedicaba a desmentir las versiones extranjeras sobre los errores políticos, deficiencias administrativas y atropellos humanos que se dan tumultuosamente día con día en China. ¿No se dan cuenta de que se exhiben, de que se humillan a sí mismos con sus actitudes pueriles, desmedidas e impulsivas?
Carolina, canaria, escogió a la china con mejor cuerpo de la oficina como amiga. Algo que me pareció sospechoso desde el principio. Rápidamente, les tomé el ritmo: todos los días, a las diez de la mañana, se iban a caminar solas; también a las tres de la tarde. Las primeras veces pensé en acompañarlas, desistí a los pocos días.
El vacío me comenzaba a pesar.
12 de agosto 2008
He estado leyendo La Historia de la India, de Romila Thapar, como para olvidarme del calor, la soledad y las cucarachas; y para poder hacer frente a la saudade que siento desde que abandoné el subcontinente. La última vez que fui a la biblioteca de la embajada (el agregado cultural me ofreció tres mil yuanes por darle los últimos retoques antes de que la secretaria de Relaciones Exteriores la visitara; después del paso de la diplomática, me chicaneó el dinero por varias semanas) robé el tomo de la Obra Completa de Octavio Paz donde está Vislumbres de la India y algunos otros libros que no merecían quedar ahí, olvidados.
Cuando hace más de un año, debido a una estupida fractura, me encontré de pronto en estado de convalecencia en Beijing, Jin Can me visitó para discutir algunos asuntos de su inminente viaje a México. En algún momento de la tarde, con los cuerpos sudorientos consecuencia del adormecedor picor del Mapo Doufu, acordamos en que la historia antigua de China “es muy plana”, un tanto aburrida: nada en comparación con la historia antigua de la India. Aburridísima si se le contrapone comparativamente, período por período, con los tiempos del Imperio Maurya, del Sultanato de Delhi o hasta con los de la ‘honorable’ Compañía Británica de las Indias Orientales. Nada en comparación, también, con los últimos 150 años de historia china.
Can (que suena 'tsan' en chino; luego descubrí, no sin aterrarme, que su nombre en castellano era Lucía) me cuestionó sobre lo racional de viajar de vuelta a la India con la pierna rota. Su insistencia me hizo encabronar.
Ayer en la tarde cuando leía el libro de Ma Jian, Red Dust, antes de ir a beber cerveza en la banqueta ahora que la calle de los bares es fiesta olímpica absoluta cada noche, me encontré con la siguiente lista de 'criminales', víctimas de la Campaña Oficial en contra de la Polución Espiritual, lanzada a mediados de los ochenta*:
1. Zhang, masculino, 23 años. Incitación a la insurreción por medio de la creación del ilegal ‘Partido de la Juventud China’. Ejecución inminente.
2. Wang, masculino, 24 años. Escuchaba estaciones de radio enemigas e intentó corromper a sus amigos con discursos contrarrevolucionarios. A las 10:00 a.m., del 10 de octubre de 1982, irrumpió en el interior de un autobús estacionado afuera del Museo de Historia Natural, alegando que se encontraba en posesión de explosivos, y distribuyendo, entre los aterrados pasajeros extranjeros, panfletería concerniente a los beneficios de la pluralidad democrática. Afortunadamente, el conductor tuvo la capacidad para llevar a cabo un valeroso acto de heroísmo y detener al agresor. Ejecución inminente.
3. Chen, masculino, 27 años. Desde junio de 1979 realizó varios intentos de abandonar el país. El 2 de octubre de 1981 robó un bote pesquero y, al cruzar hacia aguas japonesas, bramó “¡Soy libre!” con toda su energía. Unas pocas horas más tarde, la corriente lo devolvió hacia aguas nacionales y fue asegurado por la Policía Naval china. Ejecución Inminente.
4. Lu, masculino, 25 años. Celebró fiestas privadas y bailó mejilla con mejilla en la oscuridad, abrazando por la fuerza a sus compañeras y manoseando sus senos. Sedujo a un total de seis jóvenes mujeres y es responsable de crear la coreografía de una danza sexualmente excitante que se ha esparcido como fuego salvaje y ha incrementado seriamente los niveles de Polución Espiritual. Ejecución Inminente.
5. Yang, masculino, 31 años. Indujo mediante engaños y promesas falsas a 25 mujeres a casarse con campesinos de las provincias de Anhui y Qinghai. La policía le confiscó 16 mil yuanes y cuatro relojes de lujo. Ejecución Inminente.
*La traducción es mia.

